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Las pensiones se han convertido en un tema de actualidad. De repente nuestro entorno se da cuenta de que los cambios demográficos, la inversión de la pirámide poblacional de la que hace tanto tiempo estamos hablando, no era solo un curioso dibujo sino que se trata de una proyección temporal que nos avisa que la estructura social prevista para dentro de unas décadas no puede garantizar la viabilidad del actual sistema de pensiones. En diarios, en televisión, en las mesas del café, la insostenibilidad de las pensiones se está volviendo un tema recurrente en el que todo el mundo tiene algo que decir.  Todos pensamos lo mismo, es hora de tomar medidas de futuro a las que desgraciadamente llegaremos tarde porque los políticos no se han atrevido a legislar sobre un tema tan impopular, pero sin embargo discrepamos en las fórmulas a adoptar.

Llegados a este punto hay que pedir a los políticos no solo urgencia sino un tiempo de reflexión y un tiempo de consenso. Estas medidas solo se pueden planificar a futuro y no con efecto retroactivo, ya que quien se ha jubilado, o está a punto de hacerlo, no puede cambiar sus previsiones. La jubilación debe prepararse a lo largo de la vida laboral, no puede improvisarse. Medidas como la famosa mochila de cotizaciones, o los planes de pensiones se deben programar y no pueden imponerse a los ya canosos. Son decisiones que requieren deliberación conjunta, que no puede tomar de forma unilateral el partido en el gobierno, ya que hay que garantizar la estabilidad y deberán mantenerse a lo largo de muchas legislaturas por lo que deben estar consensuadas con todos los agentes sociales. La jubilación, como la educación, deben tener garantizada su continuidad, no pueden estar sujetas a los vaivenes de la política.

Y se requiere un tiempo de revisión y cordura ya que la medida inmediata es la de obligar a trabajar hasta más tarde, pero para conseguirlo hay que preveer medidas de flexibilización y reducciones porque los años no pasan en balde y el cuerpo no aguanta igual que cuando éramos jóvenes. Un comentario que ha aparecido en diferentes medios nos pone ya sobre aviso, dicen que en 1919, cuando se establecieron los 65 años como edad de jubilación, tan sólo el 33% de cada generación alcanzaba esa edad, actualmente el 33% de cada generación alcanza los 89 años. Algunos comentaristas comparan literalmente los 65 años de principios del siglo XX con los 89 años actuales y aunque pueda ser cierto a nivel de esperanza de vida no lo es en absoluto en cuanto a estado físico. ¿Os imagináis a vuestros conocidos de 89 años acudiendo todos los días al trabajo? Los años no pasan en balde y los signos del deterioro pasan factura a partir de los sesenta.

Los reformadores deberán tener en cuenta que querer no es poder. Que el tiempo de trabajo puede ampliarse unos años pero que hay que hacer concesiones para adaptarlo al ritmo que el cuerpo puede soportar. Aunque nos mantengamos estupendos, la memoria no es la misma, los dolores en articulaciones nos atacan, y nos cansamos más, y las molestias de todo tipo se hacen crónicas… La manera de hacer reformas a las que nos tienen acostumbrados los políticos nos dan miedo. Las medidas de las últimas reformas laborares por ejemplo no contemplaban en absoluto, más bien penalizaban, los achaques por edad. Para luchar contra el absentismo laboral se hace tabla rasa y se supone que un sexagenario tiene las mismas posibilidades de no poderse levantar un día por una enganchada que cualquier joven en perfecto estado de salud. Son necesarias fórmulas para compatibilizar esa ampliación de la vida laboral con soluciones más flexibles para los mayores.

La pérdida de poder adquisitivo de las futuras pensiones ya es inevitable por la introducción del factor de sostenibilidad que liga la pensión a la esperanza de vida. Se definió con la reforma de 2013 y su entrada en vigor será en 2019, con un impacto directo sobre las nuevas pensiones que se reducirán un 5% cada 10 años. La tasa de sustitución de las pensiones disminuirá, es decir, la pérdida de poder adquisitivo de los futuros jubilados será superior a la que se registra en la actualidad. Nos espera un inevitable empobrecimiento de los pensionistas ante el que se está imponiendo el modelo de las cuentas nocionales, un sistema que registra todo lo que el trabajador cotiza y la pensión de jubilación se calcula en función de lo aportado hasta ese momento, teniendo en cuenta la esperanza de vida y variables económicas como la ratio entre cotizantes y jubilados o el crecimiento del PIB. Son sistemas flexibles, similares a los de Suecia o Italia, que permiten al trabajador cotizar más cantidad o más tiempo, alargando su etapa laboral, y así se puede aumentar su pensión final evitando la caída en su tasa de sustitución.

Nuevos tiempos, nuevos retos, es tiempo de definir un nuevo futuro para las pensiones, pero por favor sin más dilaciones y con un poco de sentido común en las decisiones.

83tempo

 

 

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